domingo, 12 de julio de 2015

El guarupete

Hace pocos días un agradable recuerdo relacionado con mis avatares estudiantiles del bachillerato en el Liceo Cecilio Acosta de Coro, asaltó mi memoria transportándome a la década de los 60.

En esa época se asistía a clases  en dos turnos: en la mañana de 7 a 11:30 y en la tarde de 2 a 5:30. En el turno de la mañana era mi corri corri porque había un bedel portero muy estricto llamado Juan Chirino que cerraba el portón de entrada inmediatamente después de que sonaba el timbre de las 7 y
si no entrábamos antes se perdían las dos primeras clases.

Así que rutinariamente saltaba del chinchorro y prácticamente  caía dentro del uniforme, y corriendo pasaba por la cocina a tomar el “Quáker” (así se le decía a la avena en Coro) y luego el café. Ocurrió pues que un día, para abreviar, le eché el café al Quáker para tomarme todo de una vez y me gustó de tal manera que el fin de semana perfeccioné la preparación agregándole dos cucharadas de leche
en polvo (Klim, Nido o Reina del Campo).

Bueno, un día papá me sorprendió preparando la mezcla y preguntó: “¿Qué haces, Freddy?”. En ese momento le puse nombre a mi preparación y le respondí: “¡Guarupete, papá, guarupete!”, entonces papá descubrió por qué la leche se estaba acabando tan rápido y prohibió el guarupete.

No hubo más, hasta ahora que por esas jugarretas de la tercera edad, distraído, estaba echando el café en la taza de  avena y al ver eso mi hija me sorprendió con la pregunta: “¿Qué haces, papá?” y le  respondí: “¡Guarupete, hija, guarupete!”. Por eso dicen que la historia se repite. ■

FREDDY GILSON L.
fgilsonl@gmail.com

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